La voz atiplada y agria del viajero, salpicada con notas discordantes, aumentaba aquella impresión, y la de antipatía y desconfianza que irresistiblemente provocara en todos.

Ya con el sol algo bajo, el francés se despidió haciendo zalemas y protestas de vivo agradecimiento. Viacaba lo acompañó hasta la tranquera mientras los demás habitantes lo miraban marcharse, en fila bajo el alero... El tordillo, descansado ya, emprendió la marcha con paso más brioso, y cuando iba á lanzarlo al galope, el jinete oyó que el paisano le gritaba desde la tranquera:

—¡Cuidao con el pucho!

—«¡Oui! ¡oui!»—gritó el otro sin comprender.

Un momento después, Isabel, que volvía con el inacabable mate amargo, formuló el pensamiento de todos:

—¡No me gusta nadita esi hombre!

—Cosa güena no ha'eser,—refunfuñó afirmativamente Matilde recogiendo el recado para ir á ensillar.

—Parece medio... «cantimpla»,—zumbó Pancho, el más tolerante, después de Viacaba.

Y aunque pasaran largo rato en silencio, aquella visita debió continuar preocupándolos, porque Serapio no dijo á quién se refería cuando observó: