—Ahí va, por el «fachinal».
Efectivamente, el bulto, ya apenas perceptible, del hombre y el caballo, se alejaba rápidamente é iba á internarse en un alto pajonal que, en dirección á Pago Chico, ocupaba una vasta extensión de terreno.
—¡Cantimpla decís!—objetó Joaquín que se había quedado rumiando las palabras de Pancho.—Pues á mí, lo que me parece es un pájaro de mal agüero, con ese pico'e lechuzón desplumao de la cabeza... Con tal de que no nos haiga echau algún «daño»...
—¡Dejáte de agüerías, Joaquín!—exclamó Viacaba.—¡Los gringos «saben» tener unas caras... fierazas! Pero ¿y de áhi? ¿Han de ser brujos por eso?...
Viacaba era supersticioso también, pero la edad y la experiencia atenuaban un tanto esa superstición.
Los peones salieron al campo y tomaron para el oeste, donde estaba el grueso de la hacienda, seguidos por Joaquín. Al este, pasando el arroyuelo, sólo había algunas yeguas y la tropilla de zainos.
Las dos mujeres, Viacaba y Pancho, se quedaron bajo el alero, sin ganas de moverse en la atmósfera asfixiante. El sol se acercaba al ocaso, y su luz iba enrojeciéndose por momentos.
Al obscurecer, cuando volvieron los otros, llamados por la hora de la comida, el cielo era al oeste un inmenso manto de púrpura reflejado al oriente en un tenue velo, purpúreo también. Y delante de ese velo una columna recta, de vapores terrosos, se alzaba del pajonal como girando sobre sí misma.
—¡No digo! ¡Si ya principian las polvaderas!—exclamó Viacaba, que la vió al ir con los suyos á la cocina.