¿Cómo había podido equivocarse aquel hombre de campo, nacido en plena pampa, conocedor de todos sus fenómenos, confidente de todos sus secretos? ¿Miró mal? ¿Ó la evocación terrible de las polvaredas, la obsesión de tamaña calamidad, le había paralizado el cerebro?

No era, no, el torbellino de polvo que una corriente giratoria alza y retuerce en el aire, como columna salomónica, desde el campo reseco, para pasearla después en caprichosa danza de un lado á otro y luego dejarla caer, de golpe, disuelta, desvanecida en la atmósfera como fantástica creación de pesadilla. No. La columna estaba fija en el mismo punto é iba elevándose y ensanchándose en la atmósfera tranquila y caldeada que doraban y enrojecían los últimos parpadeantes fulgores del sol.

Y el astro acabó de hundirse. Las oladas de púrpura que lo seguían, cubriendo el occidente, se derramaron también tras él, poco á poco, á manera del agua que desaparece lenta en una hendidura. Y para anunciar la noche que llegaba, comenzaron á revolotear tenues brisas mensajeras de paz, que crecían y se multiplicaban por momentos...

Era ya obscuro, y, sin embargo, la columna seguía viéndose en el pajonal, vagamente luminosa, como si fuera la misma que guió á los israelitas en el desierto...

Entretanto la familia Viacaba, comía en la cocina, rodeando el fogón, más animada y conversadora, pues el airecillo, tibio aún, iba haciendo reaccionar á todos de su enervamiento, á medida que cobraba fuerzas y agitaba con más decisión las alas.

La conversación, interrumpida á ratos, seguía, persistente, rodando al rededor de la visita del francés, el acontecimiento del día. Y no había una frase simpática para él.

—¡Vaya al diablo el ñacurutú ese ¡Nunca he visto animal más feo!—insistió Joaquín, supersticiosamente.—Y cómo miraba, con esos ojos descoloridos, á pesar de todos sus «vulevús»... Á mí me parecía...

—El Malo ¿no?—interrumpió Matilde, el santiagueño.—¡Á mí también! Dicen qu'es ansí; «payo», di ojos claritos y nariz de pico é loro. No me le fijé en las patas porque tráiba botas... pero ha de haber tenido pesuña no más.

Como eco terrible de estas palabras, la voz angustiosa de Panchita, que acababa de ir al pozo en busca de agua fresca, sonó en el patio como un grito de alarma y de terror:

—¡Quemazón!... ¡Quemazón!...¡Quemazón en el fachinal!...