—¡No decía yo!—murmuró Joaquín, precipitándose afuera con los demás...
La columna amenazadora que había comenzado por elevarse, ensanchándose é iluminándose con vagas vislumbres, llegó á semejar inmenso tronco de copa pequeña, redonda y blanquecina; luego, cuando el viento sopló con cierta violencia, desvanecióse de pronto; en seguida, en la sombra creciente, hubiérase dicho que el árbol acababa de desplomarse ardiendo de punta á punta, porque, á partir del mismo sitio, apareció chisporroteando una línea de fuego, brasas y llamitas fugaces que se reflejaban en los vapores suspendidos sobre el suelo. Inmediatamente después, la línea roja y resplandeciente al ras de la tierra, se extendió, se extendió más, abarcó un espacio enorme, en el este, de donde llegaba el viento, como si quisiera ocupar todo el horizonte. Desde el rancho veíanse vagar por el pajonal reflejos luminosos, anaranjados ó amarillentos, que contrastaban con la noche negra y armonizaban con la raya purpúrea de la quemazón, mientras en el cielo un gran parche rojizo parecía seguir la marcha del desastre. Y el viento, entre tanto, sacudía alegremente la alta hierba, seca y sonora, murmurando y riendo como el niño que escapa después de haber hecho una travesura. Y el susurro musical llenaba el aire de coros indecisos... En el albardón, junto á «las casas,» dominando el campo, Panchita é Isabel asistían con espanto al espectáculo amenazador y terrible del incendio. Los hombres, después de ensillar apresuradamente, se habían precipitado á todo galope hacia el pajonal, atinando sólo á lo más visible del peligro, tan azorados que no podían coordinar las ideas...
El viento, cansado de reir, se entretenía en combinar curiosos y devastadores fuegos de artificio. Llegaba al incendio, levantaba nubes de humo y semilleros de chispas; enredaba el humo en las matas cercanas, iluminadas por el fuego, fingiéndolas incendiadas también, y esparcía las chispas como un ramillete, ó las hacía formar haces de espigas de oro; luego las dejaba apagarse ó caer sobre el pasto en lluvia finísima y devastadora... Ó de un soplido apagaba bruscamente la inmensa línea roja, y luego, como arrepentido de abandonar tan pronto su diversión, reavivábala de otro soplo hasta hacerla llamear é incendiar también el cielo... Al sitio en que estaban las mujeres llegaban bocanadas de horno, hálitos de fragua, un fragor atenuado, como de lejanísimas descargas graneadas de fusilería, y un olor acre de paja quemada, dilución de las densas masas de humo que corrían al ras del suelo.
Lenta á la distancia, rápida en realidad, la línea de fuego se extendía, aparentaba formar un arco de círculo cuyo centro fuera el albardón, é iba acercándose á las casas cual si estrechase un sitio que les hubiera puesto de repente con maravillosa táctica. Entre el rancho y el incendio el campo estaba iluminado, y sombras enormes se movían y fluctuaban vagamente en él: las rechonchas de las anchas matas de paja y las alargadas de los jinetes que andaban agitados junto á la quemazón.
Un tropel, un redoble de alarma estalló de repente en el silencio rumoroso, haciendo retemblar el suelo; era la tropilla, eran las manadas que huían despavoridas hacia el oeste, martillando con sus cascos la tierra seca y sonora. Y una sombra informe pasó, envuelta en nubes de polvo, lanzando al paso reflejos de ancas y de cabezas desgreñadas al viento... Y el furioso redoble fué disminuyendo, hasta perderse en la noche...
—¡La caballada!—gritó con angustia Isabel, sacudiendo un instante su marasmo.
—¡Virgen santa! ¡Quién sabe si la volveremos á ver!—murmuró la madre.
Y atrás rumores más sordos, confusos é indescifrables, poblaban, entretanto, la pampa y llegaban hasta ellas arrastrados por el viento abrasador, saturado de humo y cargado de cenizas aún calientes...
Viacaba, sus hijos y los peones, desalados, habían creído llegar á tiempo de sofocar el incendio. Pero cuando estuvieron á poco más de una cuadra, una agonía les oprimió el corazón: el alto pastizal tupido y seco, los matorrales entretejidos y bravos, la cortadera amarillenta ya que ocultaba á un hombre de pie, ardían en una enorme extensión, hasta donde alcanzaba la vista, entre chisporroteos y llamaradas, estallando como millares de petardos incendiados por series sucesivas. Llegábanles soplos tan ardientes como el fuego mismo, y unos á otros se veían las caras sudorosas, completamente negras de hollín, en que les relampagueaban los ojos. Los caballos, con las orejas tendidas casi en línea horizontal hacia el incendio, resoplaban y sacudían la cabeza, negándose á avanzar más.
Á menos de una cuadra envolviéronlos el humo y las chispas, y parecían avanzar en las nubes entre una constelación de estrellas fugaces. La acre humareda los cegaba, aunque estuviesen tan hechos á los humazos del fogón, y los soplos abrasadores les hacían volver el rostro con el cabello y la barba medio chamuscados... Sobre sus cabezas cerníase un instante la paja voladora, ardiendo, y luego seguía su vuelo, á difundir á saltos el desastre, arrebatada por el vendaval... No se oían casi, con el fragor del estallar de las pajas, y tenían que gritar para comunicarse.