—... ¡Contra-fuego!—oyóse vociferar á Viacaba, que echó pie á tierra. El principio de la frase se había perdido en el estrépito...

Tras el velo de llamas que ante sus ojos tendía la inmensa fogarata, la noche tomaba insólitas negruras. Parecía que el obscuro cielo, sin luna, continuara descendiendo, descendiendo, más negro cada vez, hasta llegar al incendio mismo, sólo que en su parte inferior las apretadas y rojas estrellas se apagaban sucesivamente, dejando en un momento lóbrega y vacía aquella parte de inmensidad. El horizonte se había acercado hasta pocos pasos de ellas, y creían hallarse al borde de un inmensurable abismo... La luz misma parecía rechazada hacia adelante por el viento furioso que soplaba de aquel antro...

Á la voz de Viacaba, todos se apearon. Una seña les hizo acercar, y oyeron este grito:

—¡Aquí no! ¡Sería pior! ¡Á la orilla del fachinal!...

Desanduvieron un trecho, teniendo del cabestro á los espantados caballos que volvían la cabeza hacia el fuego con ojos de brasa, resollaban y roncaban violentamente, hacían bruscos movimientos para desasirse y escapar, y tiritaban cubiertos de sudor, mientras por los flancos les corrían arrugas como de agua rizada por la brisa...

Y así, envueltos en rojas luces de Bengala, hombres y animales salieron á la orilla del pajonal, donde comenzaba el pasto bajo, marchito y seco también. Serapio maneó los caballos y los ató á las matas, bastante más lejos. Luego se incorporó á los demás.

Viacaba y Pancho incendiaban rápidamente la hierba baja, en un ancho de poco más de una vara, siguiendo una línea más ó menos paralela á la quemazón. Joaquín y Matilde, tras ellas, dejaban arder bien el pasto, y luego lo apagaban azotándolo con escobas de la paja más verde, hasta que se incendiaban, ó con las jergas del recado, sin mojarlas, porque el agua estaba demasiado lejos. Serapio los imitó...

En aquella hoguera parecían fundidores junto á un río de metal incandescente; jadeaban, sudaban; sus caras negras, encendidas y lustrosas, se hinchaban, se abotargaban, perdían sus líneas mientras los ojos les relampagueaban y por las mejillas y la frente les corrían hilos de tinta...

¡Sacrificio inútil! El fuego se burlaba de antemano del obstáculo que le querían oponer, levantándole una trinchera de vacío: reíase de ellos en complicidad con el viento, en cuyas alas enviaba sus emisarios y sus propagandistas más allá de los hombres y de su ciclópeo esfuerzo impotente.

Y el tropel que espantara á las mujeres llegó de pronto hasta allí como un lejano trémolo de timbales entre los chasquidos del incendio... Viacaba levantó la azorada cabeza, y con ojos saltones, enloquecidos, gritó: