—¡Serapio! ¡Matilde! ¡La hacienda! ¡La hacienda!...
Y abarcando, al fin, la magnitud del desastre, abandonaron la quemazón casual y la que ellos mismos hacían, corriendo frenéticos hacia los caballos.
Los caballos no estaban allí. Aguijoneados por el pavor, habían conseguido arrancar las matas, y roncando, despavoridos, dementes, trabados por las maneas, á grandes saltos enajenados, tropezando ciegos, allá iban, trémulos, vacilantes, chorreando sudor, hacia el oeste, hacia la salvación, hacia la vida...
Lograron alcanzarlos y, montados, salieron de carrera en distintas direcciones como si obedeciesen á un plan preestablecido. Sin embargo, no lo tenían... ¿Dónde llevar la hacienda, en caso de que aún no se hubiese dispersado y perdido en las tinieblas de la pampa? ¿Dónde proporcionarle un refugio inmune? ¿Por dónde hacerlas escapar del tremendo estrago...?
...Las mujeres, petrificadas de pavor y de angustia, seguían como sonámbulos en el albardón, con los ojos fijos en el incendio, que continuaba avanzando, avanzando á cada minuto con mayor rapidez é intensidad, y no sólo hacia las casas, sino hacia la derecha, hacia la izquierda, al norte, al sur, para separarlas bien del mundo por aquel lado y luego replegarse, cortándoles la retirada, envolviéndolas en su línea infranqueable. Y el redoble del triunfo, la diana sin clarines se oía cada vez más cerca, más cerca, como estallidos de risas y gritos de voces ásperas y discordantes... El calor era tan intenso, que á cada instante las infelices se creían á punto de desfallecer y caer semi asfixiadas.
El fuego llegó al arroyo... La esperanza les dilató un momento el pecho... Pero el incendio se burló del caprichoso zanjón, cubierto previamente de paja voladora por su cómplice el viento. Lo traspuso redoblando sus chasquidos, llegó á la otra orilla, avanzó hasta lamer la tranquera y los sauces que le daban sombra, y, regocijado, siguió su carrera hacia el oeste, dejando más grande la noche tras de sí, llevándola hasta los mismos pies de las mujeres que, atontadas, siguieron mirando cómo se extinguían una á una las fugaces estrellas de la quemazón en la noche de abismo que creara á su paso...
Más allá, hacia la derecha, por donde brillaba la Cruz del Sur, también la paja sirvió de puente volante á la invasión devastadora. El arroyo ardió todo en un segundo. Y desde la otra orilla, de las matas altas del albardón, el viento arrebataba cardúmenes de chispas que iban á caer á los pies de las mujeres... Algunas llegaban hasta el mismo rancho y se extinguían entre las pajas del techo, sin fuerza para incendiarlas... Ellas, en su angustia suprema, no advertían el nuevo peligro. Y chispas y pajas abrasadas continuaban su vuelo, más compactas cada vez...
—¡Mama! ¡mama!...
El grito desgarrador de Isabel anunciaba el coronamiento de la catástrofe: el techo central ardía con gran humareda en un círculo de una vara de diámetro.