—¡Agua! ¡agua!—gritó la madre, arrancada á su estupor.
Ambas corrieron al bebedero de los caballos, junto al pozo; una llenó un balde, otra una jarra; precipitáronse al fuego; sus fuerzas no alcanzaron á lanzar el agua hasta allí...
—¡Traé vos el agua!—tartamudeó la madre.
Y como pudo, valiéndose de un banco, lastimándose manos y rodillas, trabada por los vestidos, trepó al techo gritando desesperadamente, como si alguien pudiera oírla en aquella desolación:
—¡Viacaba!... ¡Pancho!... ¡Joaquín!...
Isabel le llevaba jarras y baldes de agua, de carrera, jadeante, bañada en sudor. Ella, febril, casi sin saber lo que hacía, echábase de bruces sobre el techo, tendía los brazos trémulos, alzaba el agua con esfuerzo automático, é iba á verterla en la hoguera cada vez más ancha... Y mientras hacían esta abrumadora y lenta maniobra, el viento continuaba acribillando el rancho con sus flechas incendiarias... Un momento después el techo ardía por diversos puntos...
—¡Baje, mama, baje! ¡Se va á abrasar viva!...
La desgraciada bajó por fin. Como alegre fogarata, el rancho ardía por las cuatro puntas iluminando el patio hasta la tranquera con sus sauces descabellados, sacudidos por el viento, hasta el corral en que se revolvían, se atropellaban y se trepaban unas sobre otras las ovejas, balando lastimeramente, tratando de derribar el fuerte cerco... Y aquella siniestra y formidable iluminación desvanecía, borraba totalmente la otra, ya en el horizonte...
Los hombres vieron desde lejos aquella antorcha y regresaron uno tras otro, llenos de desesperación.