Hay que hacer notar que este párrafo—y alguno de los que siguen,—fué escrito antes del suceso. Luego hubo que cambiar algo en la redacción por la inesperada vuelta de la tortilla. Pero ¡qué diablos! el artículo quedó bien de todos modos y no era cosa de que los cajistas se estuvieran toda la noche en la imprenta. Además ¿cómo decir que el apaleado había sido don Domingo? El artículo continuaba:

«Como á Viera no se le hace más caso á sus ataques que á un perro sarnoso, se le hizo el campo orégano, y no contento con insultar desde su pasquín inmundo, quiso también echárselas de matón y agredió infamemente al señor Luna, pero le salió la torta un pan, porque fué por lana y salió trasquilado y se metió á apaleador y casi no le dejan hueso sano!»

—¡Coñe! ¡Así se escribe la historia!—exclamaba el doctor Pérez y Cueto al llegar aquí de la lectura.

«Habíamos pronosticado que esto iba á suceder matemáticamente, porque no podía ser de otro modo, porque estos advenedizos llenos de desvergüenza, y cínicos, y que tienen por arma la calumnia soez, infame y asquerosa, para conseguir cuatro suscripciones de otros tan despechados y tan procaces como ellos, no hacen más que insultar á los que valen más que ellos, sin comprender que con eso no se puede transgredir ni paliar la opinión pública.

«Esa escoria social en la prensa, cuya misión es tan elevada y tan seria y que alguien ha dicho que los periodistas son patronos de almas, da hálitos de podredumbre inmunda á los pueblos que infestan y debían preocuparse los gobiernos de poner á raya con sabias limitaciones reglamentarias y leyes al propósito á esa prensa brava que destila baba sobre todos los que no comulgan con sus ruedas de molino.

«Una ley de imprenta que enfrene á esos insultadores de oficio se hace necesaria inminentemente. Si no, sería necesario hacerse justicia por su propia mano, como en el caso de ayer.

«En cuanto á éste, sobre el cual mucho tendríamos que decir porque pertenece á esa calaña; pero que nos callamos por la circunstancia misma de ser nuestro enemigo político, (lealtad que no tiene él en sus desbordes infames, entre paréntesis) está preso en la comisaría y hoy mismo será puesto á disposición del digno juez de paz de este partido señor don Pedro Machado.

«El señor intendente sigue algo mejor, y los doctores Carbonero y Fillipini decían anoche que dentro de dos ó tres días podrá salir á la calle.»

Ante la lectura de ambos diarios había para quedar perplejo. Al fin de cuentas ¿quién había dado á quién? ¡Problema! Pero para eso estaba Silvestre que en cierta ocasión, encarándose con Viera, y refiriéndose á La Pampa y á su propaganda, había exclamado, orgulloso:

—¡Ella sale una vez al día, y yo salgo á todas horas!