Así es que no faltó buena y bien exagerada información en Pago Chico: Luna, que preparaba una celada á Viera para vengarse de sus justos ataques, había recibido una paliza que lo había «dejado mormoso», después de lo cual el comisario con treinta vigilantes armados á rémington, habían asaltado la casa del periodista, y no sin que éste opusiera una resistencia heroica, en que hubo tiros, pero no heridos, (los tiros los oyó todo el mundo, aunque no sonaron), fué reducido y se le condujo preso al más sucio y poblado de sabandija de los calabozos policiales... Allí estaba Viera aún. ¡Quién sabe si no lo habían estaqueado!

La población de Pago Chico despertó al otro día incómoda y cuchicheante. Sin embargo, escaldada tantas veces, no alzaba mucho el diapasón... ¡Claro! ¿Y las consecuencias?... No era cosa de meterse á redentor y salir crucificado.

Verdad es que en la cantina de la estación del ferrocarril, donde no acostumbraba presentarse oficialista alguno, un grupo que absorbía el vermouth matinal se ocupó calurosamente del suceso, y después de una arrebatadora é inspirada alocución de Lobera, secretario del comité y oficial de la peluquería de Bernardo, declaró y juró que era deber nacional devolver la libertad á Viera, y que lo harían «si á las buenas, á las buenas; si á las malas... ¡á las malas!» palabras textuales del arrebatado Tortorano, que la noche anterior había juzgado de alta política no asomar las narices á la puerta.

—¡En último caso—exclamó Lobera, que destilaba agua de violeta por todas partes y entusiasmo por la boca—en último caso asaltaremos la comisaría y le daremos una paliza á Barraba!

—¡Muy bien dicho!—exclamaron unos.

—¡Eso es! ¡una paliza al comisario!—gritaron otros.

—¡Bravo! ¡Bravo!—aullaron los demás.

Silvestre, que entraba, vociferó, aunque estaba ronco desde la noche antes:

—¡Es un atropello infame! ¡Que suelten á Viera!