Y durante un rato continuó la discusión, en voz muy baja pero acaloradamente, y lo curioso es que el grupo se fué desgranando poco á poco de una manera casi imperceptible. Bebían su vermouth ó su biter, y se evaporaban, uno á uno, silenciosos, yéndose cada cual por su lado, no sin dirigir á la salida una sonrisita amistosa al vigilante que, de acera á acera y observando el interior del café, se paseaba por la esquina.

—¿Se ha ido Lobera?

—Hombre, sí; y Silvestre también.

—¿Y Tortorano?

—Acaba de salir.

—¡Así no se puede hacer nada nunca!—exclamó Pedrín, que también tomó la puerta encogiéndose de hombros.

Al pasar por la comisaría miró hacia adentro, apretó el paso y se metió en su casa. El «hotel del poco trigo», como le solía llamar, no era de sus aficiones.

Sin embargo podría—él tan curioso—haberse detenido á observar lo que pasaba en la comisaría.

En medio del patio, bajo el sol rajante, un agente de plantón, tieso como el Apolo del jardín de Bermúdez—aquella estatua de yeso pintado imitando mármol veteado, que tanto podía representar á un tullido—miraba de reojo á sus compañeros que tomaban mate, y de frente á las oficinas.

—Che, Avellanera, alcanzá uno—dijo el plantón al cebador del amargo, viendo que los oficiales estaban de jarana en el despacho.