—¡Sí! ¡P'a que me frieguen! Andá que te dé Viera.

Los otros, formando grupo alrededor de la pava que hervía sobre un fueguito de virutas en la sombra del paredón, se rieron á carcajadas de la ocurrencia. Viera, medio desnudo, estaba en el calabozo, y Fernández, el agente de plantón, era el jefe de la partida que debió apalearlo. Barraba lo había castigado «por sonso», y porque sospechó quizá que tenía afición al «pasquinero».

Casualmente, el comisario entró en aquel momento.

—¡Á ver vos, Fernández, vení acá!

El plantón hizo la venia, y con los sesos tostados por el sol, se acercó miedoso y cariacontecido. Los otros se habían levantado y estaban firmes, con la mano á la frente y expresión de la más absoluta humildad.

Barraba entró en su oficina, se sentó junto al escritorio, y viendo que Fernández, cuadrado, se quedaba á la puerta, le gritó con voz áspera y frunciéndole las cejas:

—¡Entrá!

Casi temblando entró y se cuadró de nuevo, silencioso.

—Vos andas con Viera ¿no?