—Yo... señor...—balbuceó el infeliz, que al oir tan terrible acento, hubiera querido hallarse á veinte leguas.

—¡Es inútil que negués! ¡Yo mismo t'he visto! ¿Qué te decía ayer en la puerta de la imprenta?

—Nada, señor comisario.

—¿Cómo nada? ¡Algo te había de decir!

—Me preguntaba por m'hijo Pancho; que quería hablar con él, me dijo:

—Sí, ¿y vos le avisarías lo de anoche, no? Ya sabés que yo no quiero que te metás á mulo grande ¿entendés? ¡Cuidadito conmigo, que si yo sé que te metés en otra, te hago estaquear. Ahora andáte y ¡cuidadito!...

El agente salió que no sabía lo que le pasaba. Le temblaban las piernas y sudaba y trasudaba, tan lejos de Juan Moreira como Pago Chico de la capital federal.

Barraba llamó á otro agente.

—Traigamé el preso,—dijo.

—¿Á cuál? ¿Al señor Viera?