—¡Qué señor, ni qué señor! ¡Vaya y traigamé al preso, le digo!

Un momento después Viera aparecía en el despacho, escoltado por el agente. Llegaba pálido y desgreñado, en camiseta y zapatillas, pero entero y altivo como cuadra á todo periodista perseguido por el poder.

El comisario estuvo largo rato sin alzar la vista, fingiendo que examinaba unos papeles. Viera de pie y en silencio se mordía los labios de rabia.

—¿Por qué está preso?—preguntó al fin Barraba, clavando en él una mirada iracunda.

—No sé.

—¿Qué? ¡no sabe! ¡Qué no ha de saber!

—¡Lo que puedo asegurarle es que no soy yo quien debía estar preso!...

—¡No se me insolente!—gritó iracundo.

—No me insolento. Me pregunta y le contesto.