El agente dió un paso hacia Viera, aunque éste estaba aparentemente impasible. Barraba se reprimió, pero le hubiese gustado hallar ocasión de «darle unos planazos al pasquinero».

—Bueno. Usted lo ha lastimado al señor Luna.

—Él me agredió... me he defendido. Después se trataba de una emboscada... y si no ya ve cómo me asaltaron cuatro emponchados que de seguro me matan si no me meto en casa de Troncoso.

El comisario pareció reflexionar.

—Bueno,—dijo por fin,—ésa es su versión. Pero el señor intendente no dice lo mismo, y los testigos tampoco.

—¿Quiénes son los testigos? ¿Los vigilantes disfrazados? ¡Los he conocido bien!

Barraba, ciego de ira, se levantó á medias de su asiento, pero logró reprimirse otra vez, y tras una larga pausa, fingiendo tranquilidad, dijo lentamente, cantando las palabras casi sílaba por sílaba:

—¡Qué quiere, amigo! ¡Diga lo que se le antoje! Aquí no hay más agresor que usted, y yo tengo la obligación de pasarlo al juez de paz por su delito de desacato á la autoridad!

—¡Pero eso es una injusticia! ¡Usted es mi enemigo y abusa de su puesto!—exclamó Viera que ya estaba viendo quince días ó un mes de prisión en el calabozo, los interrogatorios intolerables, las vejaciones sin término, y para fin de fiesta el viajecito á La Plata entre dos vigilantes, y quizá con grillos...

—¡Enemigo! ¡injusticia, eh!—gritó Barraba, morado de cólera.—¡Mire, amiguito, no me cargue la paciencia, canejo!