—¡Es que es la verdad!—repuso el otro con indignación.
—¡Conque enemigo, eh! Pues ande con cuidao, cuando salga, con el enemigo y con lo que escribe en su pasquín, si no quiere probar un buen guiso de lonja!
Y dirigiéndose á la puerta de la otra oficina, gritó:
—¡Benito! Hacé l'ata de Viera.
El escribiente tenía el acta preparada ya y acudió á leerla con voz monótona:
«Llamado á mi presencia el acusado Pedro Viera, dijo que él había sido agredido por don Domingo Luna y que se defendió en defensa propia y que le pegó unos palos, y que entonces vinieron otros emponchados, y que él entonces se metió en casa de Troncoso y que entonces los otros lo dejaron irse. Preguntado el delincuente si conocía á los hombres que decía que lo habían querido asaltar, el declarante dijo que no, y que no los había podido conocer, porque dijo que la noche estaba muy obscura y que no había luz. Y leída que le fué su declaración se ratificó y firmó conste.»
—Yo no firmo,—dijo sencillamente Viera.
—¿Por qué?—preguntó Barraba indignado de ver desconocida su omnipotencia.
—Porque eso es una barbaridad.