Ya era como para no aguantar más; pero Barraba tenía mucha fuerza de voluntad y mucha prudencia, y se limitó á ordenar:

—¡Volvélo al calabozo!

Y cuando Viera salió, se quedó murmurando un «de nada te ha'e valer» que sólo terminó cuando tuvo á bien regalar á Benito con este cumplimiento á propósito de la redacción del acta.

—¡También vos sos más bruto que un par de botas!

El escribiente se quedó impasible; ya estaba acostumbrado á esas rebuscadas galanterías.

—Á ver si ponés en el libro la entrada de ese sonso: «Por desacato á la autoridá á mano armada del intendente».

Y el involuntario epigrama, retratando una época, sonríe aún en el libro de entradas y salidas de la comisaría de Pago Chico.

...Los telegramas habían llegado á todos los diarios de oposición de Buenos Aires y La Plata, y el hecho asumía las proporciones de un verdadero escándalo. ¡Qué arma aquélla, y en qué momentos! Asustados del ruidoso asunto, los caudillos platenses juzgaron conveniente ahogarlo al nacer echándole tierra, y el diputado Cisneros, mandón de Pago Chico, sirviendo de truchimán á los jefes del partido oficial todavía no endurecidos en la brega, hizo al juez de paz, don Pedro Machado, el siguiente despacho:

«Dejen Viera. Conviene altos intereses partido. Aquí laméntase, brutal atentado contra digno intendente Luna. Pero hay demostrar oposición tranquilidad espíritu. Ponga asaltante inmediatamente libertad.—Cisneros.»