No era D. Ignacio muy largo, pero alguno de sus correligionarios hallaba modo de lograrle préstamos y donativos, ya para sus necesidades personales, ya para lo mismo, pero bajo el pretexto de gastos de propaganda. Él se sometía refunfuñando, pues, ¿cómo ser jefe de partido si se comienza por descontentar á los partidarios? Pero apuntaba... Su viejo cuaderno de notas, tenía páginas como ésta:
| PESOS | |
| Prestado al gordo, que está sin trabajo | 5'00 |
| Á Juan para la copa | 0'20 |
| Un letrero y una bandera para el comité | 15'50 |
| Á la china Dominga para que haga venir | |
| á sus hijas á la inscripción | 25'00 |
| Una docena de bombas | 6'00 |
Sumaba cuidadosamente D. Ignacio estas partidas, que en tres años de oposición á todo trance habían alcanzado á formar una gruesa suma,—cuatro ó cinco mil pesos—y no examinaba su cuaderno sin lanzar un suspiro y sumirse en profunda meditación.
—¿Quién pagará estas misas?—se decía.
Ó, conversando con sus tenientes, hablaba de la patria, de los deberes del ciudadano, de los sacrificios que hay que hacer en pro de la libertad, de la abnegación que exigen los partidos de principios, para terminar diciendo:
—Yo soy el pavo de la boda.
Silvestre, el boticario, se encogía de hombros instruido de las alusiones de D. Ignacio, y considerando que de todos modos su popularidad le salía barata en estos tiempos en que no se puede ser popular sin dinero. Alguna vez le insinuó, con frase no muy atildada:
—El que quiera pescao, que se moje... el que le dije.
Acercábanse las elecciones; el gobierno de la provincia, preocupado por la importancia que iba tomando la oposición, había resuelto darle una válvula de escape, dejándola introducir algunos de los suyos en las municipalidades de campaña.