Pero esta resolución no era conocida, y la efervescencia popular continuaba á más y mejor. En Pago Chico preparábase un miti, un metín, ó cosa así, que debía tener lugar en el antiguo reñidero de gallos, único local fuera de la cancha de pelota, apropiado para la solemne circunstancia, puesto que el teatro—un galpón de zinc—pertenecía á don Pedro González, gubernista, que no quería ni prestarlo ni alquilarlo á sus enemigos de causa.
Llegado el día, D. Ignacio,—que había contratado la banda á su costa, hecho embanderar el reñidero, y comprado unas docenas de bombas de estruendo—esperó impaciente la hora de su discurso, un discurso ya mil veces repetido en todos los tonos, palabra más, palabra menos, durante sus tres años de caudillaje.
Cuando subió á la improvisada tribuna, rodeábalo un pueblo vibrante y entusiasta que sólo pedía correr al sacrificio, á la lucha, al atrio, á las urnas. D. Ignacio estaba radioso. Sus palabras hicieron el acostumbrado efecto arrebatador, especialmente cuando, con grandes gritos y violentos ademanes, reprodujo la frase:
«Los mandatarios impuros que engordan á costillas del abdomen del pueblo, no pueden continuar un día más en el poder. El gobierno local tiene que entregarse á personas honradas que no roben, á hombres sanos que no se apoderen de las rentas, á ciudadanos que sean capaces de relamberse junto al plato de caldo gordo sin tocarlo con un dedo.»
Los bravos, los vivas, los palmoteos estallaron como siempre, ó por mejor decir, más que nunca, cubriendo la voz del orador que al fin logró dominar el bullicio, gritando:
—¡Conciudadanos! ¡Viva la honradez administrativa!
—¡¡Vivaaa!!
—¡Abajo los espoliadores del pueblo!
—¡Abajo! ¡Mueran! ¡Viva don Inacio! ¡Viva la honradez! ¡Viva el patriota!