¡Shuitz... pum! y música, grandes golpes de bombo, alaridos de pistón... y otra bomba y otra. ¡Qué entusiasmo, qué delirio! ¡Pra-ta-ra-trac-pum! ¡un cohete! y vivas y más vivas, una algazara, un jubileo como nunca se vió en Pago Chico, tanto que el batarás encerrado en un cajón, encrespó la pluma, golpeó los musculosos flancos con las alas y lanzó un ronco y estentóreo co-co-ro-co, como diana triunfal del vencimiento.

—¿Qué le ha parecido el métin, don Inacio?—preguntábale por la noche Silvestre.

—¡Oh! ¡Magnífico! ¡Me ha costado más de quinientos pesos!

Mentira. Gastó sólo ciento cincuenta, pero con tal habilidad...

Silvestre lo miró de arriba abajo, sardónico, se encogió de hombros, clavóle la vista entre ceja y ceja, y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, exclamó:

—Nuestra Señora del Triunfo nunca ha sido popular.

D. Ignacio se encrespó como el gallo del reñidero, y se puso rojo de ira.

—¡Vos te crés que lo digo de agarrau! ¿Y á mí qué m'importa la plata?... ¡Pero lo que es otro no sería tan pavo!... Ya llevo gastada una porretada de pesos, sin que nadies miagradezca.

Mientras esto decía el caudillo, Silvestre había tomado la guitarra—estaban en la botica—y cantaba acompañándose con grandes golpes de uña en las seis cuerdas:

Y ásime... gustáun... tirano
c'abra labocay... ¡no grite!