El jueves llegaron dos delegados gubernistas de la capital para preparar las elecciones comunales del domingo. Apenas instalados, trataron de provocar una entrevista con D. Ignacio, para hacerle proposiciones. Pero Silvestre—la oposición dentro de la oposición—estaba allí oído alerta, ojo avizor, husmeando como politiquero de raza la componenda en ciernes, adivinándola antes de que se hubiera iniciado.
Viera, á todo esto, había visto obscurecerse su estrella, eclipsada por la triunfante de D. Ignacio. Tampoco él quería «componendas», y así lo escribió en La Pampa. Inútilmente, porque el meeting había dado el mando á su rival, sostenido por los envidiosos de la popularidad del periodista, y por los que sólo hacían política opositora buscando una ubicación, amén de los que D. Ignacio compraba como se ha visto. No faltaron, pues, las previsiones, los vaticinios, las amenazas de perder lo hecho sin esperanza de rehacerlo más tarde...
Sin embargo, la entrevista tuvo lugar, D. Ignacio no pudo resistir á una transacción que lo llevaba de golpe y zumbido á la Municipalidad, que él creía tan verde aún, y el domingo siguiente resultó electo concejal, á pesar de los aspavientos de Silvestre, de los artículos-brulote de Viera, y la agria censura de gran parte de sus partidarios del día anterior.
Llegado al Concejo, sus colegas gubernistas, dirigidos por los delegados de la capital—no era la primera zorra que desollaban éstos—lo designaron para intendente.
—En una semana se habrá desmonetizado,—decían aquellos profundos políticos.
Pero la mayoría de los oficialistas protestaba irritada contra lo que consideraba una cruel é inmerecida derrota; en cambio, el ex-intendente, un cuyano ladino, caudillejo él también, declaraba divertidísimo que aquella evolución era «de mi flor».
—¿No le parece una barbaridá, Paisano—así le llamaban—que hayan hecho intendente á don Inacio?
El Paisano sonreía, encendiendo el negro, y luego, sacándoselo de la boca, contestaba con toda calma, y no sin algo de burla:
—¡Dejenló pastiar qu'engorde!