Y, en efecto, D. Ignacio comenzó á engordar en la Intendencia, haciendo en ella lo que sus antecesores, y rebañando cuanto pesito encontraba á su alcance.
Un día tuvo una grave explicación con Silvestre, que le echaba en cara sus procederes administrativos, muy alejados de la honradez acrisolada que exigiera en tanto discurso, en tanta proclama, en tanta profesión de fe á los pueblos en general y al de Pago Chico en particular.
—Mire don Inacio, ¡lo qu'est'haciendo es una vergüenza!
Don Ignacio lo miró de hito en hito:
—¿Y qu'estoy haciendo, vamos á ver?
—¿Quiere que le diga? ¿quiere que le diga? ¡No me busque la lengua, canejo!
—Decí, decí no más.
—¡Está robando como los otros!
El caudillo estuvo á punto de pegarle, pero se dominó, tragó saliva, y cuando se creyó bastante dueño de sí mismo, dijo con tono convincente: