—¿Y á mí quién me paga lo qu'hecho? ¿Y la platita que mián comido?...

Y después de una pausa, más insinuante aún, confidencial y tierno, exclamó como quien esboza un sublime programa:

—¡Dejá que me desquite y verás qué honradez!...


EL JUEZ DE PAZ

También Pago Chico tenía juez de paz.

Éste era entonces, y desde años hacía, D. Pedro Machado, enriquecido en el comercio con los indios, y á quien la política había llamado tarde y mal.

—¡Á la vejez viruela!—decía Silvestre.

Y, en efecto, para desaguisados el juez aquél, famoso en su partido y en los limítrofes, por una sentencia salomónica que no sabemos cómo contar porque pasa de castaño obscuro.