Ello es, que un mozo del Pago, corralero por más señas, tuvo amores con una chinita de las de enagua almidonada y pañolón de seda, linda moza, pero menor y sujeta aún al dominio de la madre, una vieja criolla de muy malas pulgas que consideraba á su hija como una máquina de lavar, acomodar, coser, cocinar y cebar mate, puesta á sus órdenes por la divina providencia.
Demás está decir que se opuso á los amores de Petrona y Eusebio, como quien se opone á que lo corten por la mitad, y tanto hizo y tanto dijo para perder al muchacho en el concepto de la niña... que ésta huyó un día con él sin que nadie supiera adónde.
Desesperación de misia Clara, greñas por el aire, pataleos y pataletas...
El vecindario en masa, alarmado por sus berridos, acudió al rancho, la roció con Agua Florida, la hizo ponerse rodajas de papas en las sienes, y por si el disgusto había dañado los riñones, la comadre Cándida, gran conocedora de males y remedios, le dió unos mates de cepa caballo...
Luego comenzó el rosario de los consuelos, de las lamentaciones y de los consejos más ó menos viables.
—¡Será como ha'e ser misia Clara! ¡Hay que tener pacencia!... ¡Si es de lái háe golver!
—¡Usebio es un buen gaucho y no la v'á dejar!—observaba un consejero del sexo masculino, que atribuía muy poca importancia al hecho.
Pero misia Clara no quería entender razones, ni aceptar consejos, ni tener paciencia.
Petrona era la encarnación de todas sus comodidades, la sostenedora de su ociosidad, el pretexto y el medio de pasarse las horas muertas en la más plácida de las haraganerías. Ausente la joven acabábanse la holganza, la platita para los vicios, ganada con la aguja, el vestido de zaraza lavado y planchado los domingos, las sabrosas achuras que Eusebio solía llevar del matadero para no ser tan mal recibido como de costumbre...
—¡No! ¡No me digan más! ¡No se lo h'e perdonar!—Y se desataba en dicterios para su hija y el raptor, con palabras de tinte tan subido, que no debe consignarse ni un pálido reflejo de ellas, so pena de ir más allá de la incorrección. Era una fiera, un energúmeno, una tempestad de blasfemias y de maldiciones, como si el infierno que la aguardaba cuando tuviera que hacerlo todo por sus manos, se hubiera condensado y quintaesenciado en su interior.