—¡Ya verán! ¡Ya verán! ¡M'he quejar á la autoridá!...
Por más veleidades de rebelión que tenga el campesino nuestro, por más independiente que parezca, la autoridad es un poder incontrastable para él. Los largos años de sujeción y de persecución, desde el contingente hasta las elecciones actuales, con todas sus perrerías, le «han hecho el pliegue» y sólo otros tantos años de libertad permitirán que comience á desaparecer su fe en esa providencia chingada.
Fué, pues, misia Clara á quejarse á D. Pedro Machado.
Un cuarto de paredes blanqueadas, sin más adorno que el retrato del gobernador, el piso de ladrillos cubierto de polvo, un armario atestado de papeles, una mesa llena de legajos, un banco largo, cuatro sillas y dos sillones, uno para el juez, otro para el secretario; todo eso era el Juzgado de Paz de Pago Chico, y la sala del trono de D. Pedro Machado.
Este digno personaje estaba en pleno funcionamiento, y el alguacil apostado junto á la puerta sólo dejaba pasar á los querellantes, á medida que D. Pedro lo indicaba, después de las decisiones del caso.
—¡Hoy he estado evacuando todo el día!—solía exclamar el funcionario cuando abundaban las causas.
Misia Clara aguardó impaciente su vez, en la puerta de calle, secándose de rato en rato una lágrima de ira que brotaba quizá con la higiénica intención de lavarle las arrugas: vana empresa. La espera fué larga, pues todo Pago Chico estaba en pleito ó buscaba la ocasión de estarlo. D. Pedro sentenciaba con una rapidez pasmosa.
—Á ver, vos, ¿qué querés?
—Señor, venía porque Suárez me debe cincuenta pesos de pasto y hace dos meses que...
—¡Bueno!... Andá decíle que te pague, que digo yo... Y si no te paga, volvé que yo le haré pagar. Vos debés tener razón, porque es un tramposo...