—Vengo á acusar por calunia al diario de Viera. ¡Mire lo que me dice!
Y tembloroso de rabia leyó los párrafos culminantes, interrumpido por las indignadas interjecciones de D. Pedro Machado.
—¡Á hijo de una tal por cual! ¡Ya verá lo que le va á pasar! ¡Es malo tentar al diablo!...
Y dirigiéndose al secretario:
—Estendé un' orden de prisión contra Viera...
—Vaya tranquilo nomás, Gómez, que aquí las va á pagar todas juntas.
Se fué Gómez á anunciar á sus amigos que había sonado la hora de la venganza; pero el secretario no extendió la orden de la prisión.
—Sabe D. Pedro, que los jueces de paz, no entienden de delitos de imprenta, y que no podemos dar curso á la acusación de Gómez...
—¿No?
—¡No, señor! Tiene que ir á La Plata.