Don Pedro Machado, hizo un gesto de disgusto al recibir la lección; y para no menoscabar su autoridad, exclamó en tono de reprimenda:

—¡También vos! ¿por qué no me decís?...

Por fin tocó el turno á misia Clara, que entre gimoteos y suspiros contó cómo Eusebio le había robado la hija, y se desató en improperios contra ambos, pidiendo al juez el más tremendo de los castigos que tuviera á mano.

—¿Cuántos años tiene la muchacha?

—Diciocho, D. Pedro.

—Bueno, ya sabe lo que se hace, pues.

La vieja volvió á gemir, asustada del giro que parecía tomar el asunto.

—Pero mire, señor juez, que es única hija, que yo ya estoy muy anciana y que no puedo trabajar... Si ella me falta... más vale que me cortaran un brazo... ¡Haga que güelva, señor juez, que yo le perdono con tal de que no lo vea más á Usebio, que es de lo más canalla!...

Don Pedro permaneció impasible, armando un negro con el papel entre el pulgar y el índice y deshaciendo el tabaco en la palma de la mano izquierda con las yemas de la derecha.

—¡Amparemé, señor!—insistió la vieja.—¡Haga que güelva m'hija!... ¡Ó, de no, atraquelé una multa á ese bandido!