—P'a eso no hay multas... Si juera uso de armas,—replicó sarcásticamente D. Pedro.

La otra cambió de baterías.

—¡Si usté hiciera que Usebio me pasara siquiera la carne!... ¡Estoy tan vieja y tan pobre!...

—¡Eh, qué quiere misia Clara! La vaquilloncita ya estaba en estau... y es natural.

Hubo un largo silencio. En la cara del juez retozaba una sonrisa reprimida á duras penas.

—¿Qué resuelve, qué resuelve, D. Pedro?—clamó misia Clara, desesperada y lamentable, con las arrugas más hondas y terrosas que nunca.

El insigne funcionario levantó lentamente la cabeza, y después sentenció con calma:

—¿Yo? Que sigan no más, que sigan...