LA ELECCIÓN MUNICIPAL

Aquella mañana, con grande asombro de Pago Chico entero, apareció en el diario oficial, El Justiciero, la siguiente inesperada noticia:

OTRA LISTA DE CANDIDATOS MUNICIPALES

«Con importantes elementos políticos, pertenecientes al partido provincial, acaba de formarse un nuevo comité que en las elecciones de hoy sostendrá la siguiente lista de candidatos para municipales:

Don Domingo Luna
Don Juan Dozo
Don José Bermúdez

Este comité, que funciona en la calle Buenos Aires, número 17, cuenta con numerosos miembros, y aunque formado á última hora, puede disputar el triunfo á los demás partidos, con bastantes probabilidades de éxito. En cuanto á los cívicos, demás parece repetir que tendrán que comer cola.»

¿Qué acontecimientos habían ocurrido? ¿Era la influencia de Bermúdez tan poderosa que su descontento producía la escisión del partido oficial? No debía ser así, pues él mismo se sorprendió al leer la noticia, y lleno de entusiasmo se encaró con su mujer, y golpeando el diario con el dedo, exclamó gozoso:

—¿No ves, china, como todavía me necesitan, como todavía tengo quien me apoye? ¡Yo también soy candidato, y del mismo partido oficial! ¡Mirá la lista! Aquí estoy con Luna y Dozo, ¡y El Justiciero dice que muy bien podemos triunfar!

—Alguna picardía de Ferreiro. Lo mejor será que no te metás,—replicó Jerónima, siempre desconfiada.—Cuando menos te quieren sacar unos pesos, pa'l asao con cuero y la pionada...

—¡Vos siempre agarrás pa'l lao del miedo!—replicó Bermúdez que se echó inmediatamente á la calle, vibrando de entusiasmo y de esperanza.

Eran las siete, y faltaba una hora para la apertura oficial del comicio.

Bermúdez, sin plan, iba palpitante, envanecido con su prestigio, ya innegable, en las esferas oficiales, y casi seguro de que por él iría directamente al triunfo. Tenía necesidad de hablar con alguien que no fuera su mujer, tan suspicaz y desconfiada que jamás creía las cosas hasta no haberlas palpado. Y la suerte quiso que con quien primero se topase fuera con el doctor Fillipini, que salía de una casa vecina. Detúvole, convencido de que lo encontraría menos reacio que su digna esposa á compartir su patriótico entusiasmo, y, basándose en las conjeturas que le habían llenado la cabeza, le contó muy por lo menudo que sus amigos se habían arrepentido,—como no podían menos de hacer,—de haberlo dejado á un lado, cuando tantos y tan importantes servicios prestara á la causa común.