El doctor lo miraba á ratos y á ratos bajaba los ojos, disimulando una risita fisgona que le hacía cosquillas en el estómago. Y cuando el otro dejó de hablar, no pudo reprimir esta desconsoladora exclamación:

—Ma é per il cuochente! Ma, non vede qu'é per il cuochente?

El prestigioso candidato se sobresaltó, palideció, y sin haber comprendido bien todavía, preguntó tartamudeando:

—¿El cociente?... ¿Qué tiene que ver el cociente?

Fillipini, tomándole un botón de la levita,—para la circunstancia Bermúdez había creído conveniente salir de levita,—y jugando con él, le explicó entonces sus suposiciones, en la media lengua ítalo-criolla, impasible, sin sorprenderse, con su filosofía práctica, ni de la inocencia del interlocutor, ni de la picardía de sus amigos políticos, sin más objeto que el de poner en claro las cosas, para hacer gala de sagacidad y burlarse en serio de aquel pobre congénere.

Bermúdez quedó consternado al comprender que el partido oficial acababa de dividirse aparentemente, pero sólo para asegurar más el triunfo, pues, por la ley, el candidato que apareciera en las dos listas,—Luna en este caso,—sería electo sin discusión, por pocos votos que obtuviera en una de ellas. Él no era, en resumen, más que un comparsa, cuya misión terminaría casi antes de haber empezado.

—¡Hijos de una gran!...

—¡Eh! ¿qué quiere? Fatta la legge, fatto l'inganno!

El cuociente lo había transtornado siempre, pero aquel día lo derribaba del pináculo de sus más gratas esperanzas. ¡No sería, esa vez tampoco, genuino representante y defensor del pueblo! ¡Miren que no votar derecho viejo como antes! ¡Esos republicanos, inventores de la ley de trampa y de engaño! Si los tuviera á mano ¡qué felpiada les daría!... Pero, ¿qué hacerle? Para su venganza, ya que no para otra cosa, la mejor contingencia era que los cívicos sacaran un concejal. En cuanto á él, no saldría nunca.

—Ma, gay un remedio...