—¿Qué remedio, dotor?

No era difícil: tratar bajo cuerda de figurar en las dos listas, borrando uno de los candidatos, el doctor Carbonero por ejemplo, y reunir de ese modo el mayor número posible de votos, además de poner de su lado la importantísima ventaja de figurar en dos listas. Cierto que si ambas tenían dos candidatos comunes, es decir, la mayoría de ellos, por la ley tendrían que considerarse iguales; pero... después se vería: eso tenía que resolverlo el mismo concejo, juez de las elecciones, y en cuyo seno no faltaban amigos de Bermúdez. También podía hacer otra cosa: amenazar á los correligionarios con llevar sus elementos de hombres y dinero á la Unión Cívica, amenaza que no dejaría de dar resultados; pero eso debía Bermúdez presentarlo como resolución que tomaría en el último momento y sólo si se le obligaba á ello, desconociendo tan injustamente sus servicios.

—¿Y usté me ayudará, dotor?

—¿Io? ¿Cosa ho da fare? ¡Ma!... Io voteró...

Eran más de las siete, y Bermúdez, ansioso de poner el plan por obra, estrechó efusivamente la mano de Fillipini, y se alejó en dirección al café de Cármine, olvidado de su andar siempre lento y majestuoso. El médico, entre tanto, iba sonriendo, con la vista baja, satisfecho de la mala pasada que había jugado á su colega Carbonero, aunque tuviera sus dudas respecto de la acción que desarrollaría el pobre Bermúdez, cuya única habilidad hasta entonces había sido robar á los indios y apuntar de más en las libretas de sus clientes y en la pizarra de la trastienda.

Bermúdez entró en el café, pidió una ginebrita con biter Angostura, y aguardó á que llegara alguno de los prohombres del partido oficial para poner manos á la obra.

Momentos después Ferreiro, que acababa de entrar, se sentaba á su lado.

—Y... ¿ha visto la nueva lista? Anoche no le pude avisar, porque resolvimos hacerla muy á última hora.

—¡Hum!... ¡Sí, l'he visto, sí!

—¡Qué! ¿Y no está contento?—preguntó Ferreiro, fingiéndose muy sorprendido,—y algo lo estaba, en verdad, al comprender las sospechas de aquel infeliz. ¿Quién podía haberlo puesto sobre aviso?