Machado, masticando el pucho de cigarro negro, expone con vehemencia lo lucrativo que á su parecer resultará el negocio, las ventajas que reportará á los asociados, las grandes cantidades de ladrillo que se podrán producir y vender...

—Nos ganaríamos una punt'e pesos; pero hay och'hornos en el pueblo y nos van á hacer la competencia... Para hacernos la guerra son capaces de vender perdiendo, y nosotros también tendremos que perder. Nos sacarían la chicha y eso no nos hace cuenta...

Largo rato se debatió la cuestión, entróles miedo á los presuntos fabricantes, y ya iban á abandonar la empresa por demasiado aleatoria, cuando el escribano ladino, que había estado meditando sin tomar parte en la discusión, electrizó de nuevo á sus socios y discípulos de siempre con una idea genial que cortaba el nudo gordiano:

—¿Cuánto tiempo tardará en instalarse completamente la fábrica y poder trabajar?—preguntó á don Domingo Luna, el más interiorizado en el asunto.

—Seis meses.

—¿Y para que venga la maquinaria de Europa?

—Mes y medio, cuando mucho, si la pedimos por telégrafo.

—Entonces... entonces ¡hay que prohibir la edificación por un año!...

Todos se levantaron como movidos por un resorte, lanzando suspiros y exclamaciones de satisfacción. Á nadie se le ocurrió objetar que aquello podría ser arbitrario: ninguno de ellos gobernaba con semejantes escrúpulos. Barraba palmoteó á Ferreiro en el hombro. Machado se echó al coleto, con los ojos brillantes de codicia, una copa de ginebra; el doctor Carbonero se restregó las manos, alzando y levantando la cabeza sonriente, y D. Domingo hizo un movimiento tan brusco é intempestivo que derramó el mate sobre los guiñapos de la china cebadora.

El plan de Ferreiro era muy sencillo: