—¿Le hizo escribir la nota así, sin más ni más?

—Sí, mientras estaban votando...

—¿Y nadie había ido á verlo?

—Nadie más que Gino, el pión de Cármine.

—¿Y á qué iba Gino?

—Á nada. Le llevaba un papelito.

Fillipini calló, apuró su taza, pagó, salió y volvió á entrar por otra puerta, metiéndose hasta el patio y las cocinas. Allí vió á Gino, hecho una pringue, como que era el lavaplatos—el platero, según los chistosos pagochiquenses,—de la confitería de Cármine.

—¿Quién te dió el papelito que le llevaste al intendente el domingo?—preguntóle en italiano.

—Il signor notario,—contestó Gino, mirando á su egregio compatriota con los ojos azorados y los carrillos más mofletudos y rojos que de costumbre.

Fillipini, sin agregar palabra ni saludarlo siquiera, siguió andando y salió por el portón de los carruajes, encaminándose al Club del Progreso.