Allí se sentó, poniéndose á sacar un solitario, indiferente y tranquilo en apariencia, pero sin que nada escapara á sus ojos avizores. Ni aun cuando entró Ferreiro se le conmovió un músculo de la cara, blanca, impasible, rebosante de salud y de satisfacción. Pero á poco abandonó el solitario, y evolucionando lentamente entre los grupos de jugadores y desocupados, acabó por hallarse, como deseaba, mano á mano con Ferreiro.

Los dos zorros viejos se saludaron casi cariñosamente, en apariencia sin aludir al suceso de que eran primeros actores; pero Fillipini no tardó en lanzarse á la carga:

—¿No sabe? Don Domingo me ha destituido...

—¡No diga! ¿De veras?

—Sí, señor. Me ha destituido... Pero no me importa mucho, porque eso no puede quedar así...

—¿Pero por qué? ¿Cómo es eso?

—¡Pavadas! El pobre no sabe lo que hace.

—Diga, pues, doctor; que, si yo puedo...

Fillipini, sonriéndose, miró la hora en su reloj de bolsillo, muy calmoso, muy dueño de sí mismo; y luego, mirando á Ferreiro bien en los ojos, dijo con buen humor: