—¡Claro que puede! Usted y el doctor Carbonero se apresurarán á defenderme. Se necesita ser muy cretino para portarse así con un hombre como yo.

Ferreiro pulsaba al «gringo», sorprendido de tanta soltura, de tanta desfachatez, y pensando:

—¡Si se habrá encontrado topate con te toparías!

Pero quiso darse cuenta exacta de los puntos que calzaba su contrincante, y después de un segundo de silencio, le preguntó:

—¿Y por qué cree que Carbonero y yo, lo hemos de defender?

El médico se echó á reir con aparente franqueza, y:

—Porque ustedes son demasiado inteligentes para no hacerlo,—contestó.—Y demasiado amigos míos,—agregó inmediatamente, dorando la píldora, no sin ciertos asomos de sarcasmo.

—Amigos, sí... está bueno. Pero si usted pretende amenazarnos...

—¡Señor Ferreiro!—dijo entre carcajadas Fillipini.—Si yo no lo conociese tanto, lo que me dice sería como para hacerme creer que usted ha «mojado» en esta barbaridad...

—¡Yooo!