—¡No, no lo creo, claro está que no lo creo! Al contrario: usted lo hubiera impedido, á saberlo... ¡Bah! entre bueyes no hay cornada, como se suele decir... Para mí el caso es sencillo... Ese «lavativo» de Bermúdez tiene la culpa, y me ha hecho una gran cargada, después que le di el modo de hacerse municipal...
—¡Y por qué se lo dió!—interrumpió violentamente Ferreiro.
—¡Eh!... ¡Questo é un altro paio di maniche!—murmuró Fillipini con mucha socarronería.
Hizo una pausa, sonriente é insinuante, para continuar después:
—Yo soy muy necesario en el hospital, porque Carbonero no va casi nunca, y hago todo el servicio... Si se nombrara á otro... con la administración... y los gastos tan grandes... Además, que hay que nombrar á otro, desde que Carbonero no iría aunque lo mataran.
—¿Y de ahí?...
—¿Á quién nombrarían? El único médico que queda es el doctor Pérez y Cueto...
—¿Y eso?
—Que nombrarlo á Pérez y Cueto sería como meter las narices de toda la oposición en el hospital... Publicar lo que comen los enfermos, cuando comen... descubrir el estado de la farmacia... de las ropas de cama... contar lo que pasa con los cadaveres que se quedan allí días y días, y lo que hace la enfermera que se va á dormir todas las noches en su casa, y el ecónomo que poco á poco se va llevando cuanto hay... Un enemigo como Pérez vería todas estas cosas con malos ojos, las exageraría, metería un bochinche de dos mil demonios... No pensaría como yo, que el hospital está relativamente bien, porque no todo puede marchar á la perfección en un pueblo tan pobre como éste, y tan atrasado... Además que la gente que va á curarse allí es de poca importancia y no le interesa á nadie: extranjeros, personas de otros pagos... Si no fuera así, también, ya hubiera habido más de un escándalo... Pero, ya se ve, con las preocupaciones actuales que convierten la palabra «hospital» en sinónimo de «muerte», sin que nada pueda evitarlo, no hay que tomar el rábano por las hojas, ni meterse á redentor... Cualquier hombre sensato, yo el primero, tiene que considerarlo así; pero no se me negará que todo esto constituye un arma tremenda para los opositores, que si no la utilizan es porque están ciegos como topos. Las chicas se les van, y las grandes se les escapan...
Durante este largo discurso, pronunciado con bonhomía y serenidad, como si se tratara de intereses ajenos, el escribano observaba con desconfianza á Fillipini, diciéndole para su capote: