—El gringo éste es muy ladino. Si nos metemos con él, de repente nos va á salir la vaca toro. Me precipité demasiado, y las calenturas son malas consejeras.
—Pero, por sonsos que sean—continuó muy lentamente Fillipini,—por sonsos que sean sabrán «rumbear» en cuanto alguien les enseñe el camino; y entonces no habrá quién los ataje... ¡Chica farra se armaría si lo nombraran á Pérez y Cueto!...
—También es posible no nombrar á nadie. El hospital no necesita...
—¡Usted no dice eso seriamente, señor Ferreiro! Ma! por poco que sirva el hospital tiene que tener médico, y ya sabe que Carbonero no va y no irá nunca... Yo preferiría que nombraran á otro si no quisieran reponerme á mí. Pero, de cualquier modo, ya lamentarán haberme separado...
No daba el doctor Fillipini asidero para que se le replicara alzando la prima; al contrario, cuanto decía estaba muy puesto en razón, y sus verdades no le brotaban ni agrias ni amargas de la boca, aunque tras ellas hirviesen amenazas tan terribles cuanto evidentes.
—Lo que se había pensado,—dijo sin embargo Ferreiro,—era no nombrar á nadie.
—Ma! y cómo dijo que no sabía nada?—preguntó con fingida candidez Fillipini.
—Digo... se había pensado... así en el aire... para el caso de que se produjera una vacante...
—Capisco...
Y ni una objeción más. Fillipini se quedó mirando de hito en hito á Ferreiro, que al poco rato no pudo contenerse y exclamó: