—¡Pero también usté! ¿Por qué se metió en lo de Bermúdez, para qué nos forzó la mano sin necesidad?...
—Questo é un altro paio di maniche!—repitió el doctor.—Se lo vuelvo á decir, porque ustedes no se habían dado cuenta de dos cosas: de que Bermúdez es un magnífico instrumento en la municipalidad, primero; y de que yo puedo serle muy útil ó muy perjudicial, después. Era preciso que nos conociéramos, señor Ferreiro, para que ustedes no me tuvieran arrumbado en un rincón como hasta ahora. Y usted convendrá en que me he hecho conocer sin causarles perjuicio. ¿Es una buena cualidad, no es cierto? ¡Vaya! ¡Dígale al intendente que me reponga sin ruido, y tan amigos como antes ó más amigos que nunca, mejor dicho!
—Bueno... veré... pensaré.
—¡Eso es! Piénselo bien, caro. Yo no quiero que se haya ninguna arbitrariedad en mi favor.
—¡Qué gringo éste!—murmuró Ferreiro, levantándose entre divertido y malhumorado.—Es como la garúa finita, que lo cala á uno hasta los huesos. Y se va á salir con la suya, no más,—agregó palmeándole el hombro.
—Piénselo, piénselo y no se apure,—dijo el otro.—Para todo hay tiempo, y á la corta ó á la larga usté se convencerá de que yo soy un buen amigo.
—Y yo también, doctor.
Se separaron. Fillipini, seguro de haber movido bien las piezas, murmuraba sin embargo:
—¡Eh! si pudieses ¡qué patada me darías! Pero no podrás...
Sin perder tiempo volvió á la confitería de Cármine, donde había un grupo de opositores tomando aperitivos, los unos sentados alrededor de las mesas, los otros de pie junto al mostrador. Silvestre, que peroraba entre ellos, se acercó á Fillipini, como era, en parte, el deseo de éste, pues quería hallar modo de que le vieran hablar largo y tendido con algún enemigo de la situación,—Viera, si fuese posible, y lo sería, pues se hallaba presente también.