—¡Hola, doctor!—dijo Silvestre aproximándose, con la confianza que se tomaba con cualquiera y que en este caso justificaban hasta cierto punto las relaciones de médico ó farmacéutico.—Me alegro de verlo por acá. ¿Es cierto lo que me han dicho?

—¿Qué le han dicho? Siéntese y tome algo.

—Gracias,—y se sentó.—Mozo, otro vermú. Pues dicen que le han quitau el empleo del hospital ¿es cierto?

—Sí.

—¿Y por qué?

—Oh, ésas son cosas, cosas...

—¡Hable, hombre, hable! Ya sabe que se me puede tener confianza. ¡Largue el rollo!

—¡Ma! Usted ya sabe cómo anda el hospital...

É hizo un cuadro, muy pálido en verdad, de aquel desquicio harto conocido por Silvestre, quien sin embargo, se hacía de nuevas al oir tales cosas de tales labios. Y terminó: