Estas señoras eran las oficinistas. Me llegué á la que se hallaba más próxima á nuestra mesa, cogió la targeta sin mirar, sumó con la velocidad del relámpago, y estampó la suma y un sello con tinta encarnada. La pregunté si allí debia pagar, me contestó afirmativamente y me dió la vuelta de una moneda de diez francos. El almuerzo nos habia costado cinco francos y trece sueldos, próximamente once reales á cada uno, incluso una botella de vino.
Al salir dimos la targeta al contralor, cuyo oficio consiste en darlas en blanco, y recibirlas con el sello encarnado; penetramos á duras penas á través de la gente que entraba, y, quede aquí escrito en gloria de Duval, amo del establecimiento, esta comida ha sido la menos repugnante á nuestro gusto, por ser la que menos repugna á la cocina española. Este hallazgo nos alentó con la seguridad de que en Paris no nos moriríamos de hambre por falta de mesa, y resolvimos solemnizarlo yendo á un café cantante, desde las seis hasta las ocho de la noche, y al teatro de la Gran Opera, desde las ocho y media hasta las doce.
Teniamos noticia de tres cafés cantantes: el de la Francia musical, hácia el bulevar de la Buena Nueva; el de Moka, en la calle de la Luna, y el del Concierto, calle de Montmartre.
El más importante es el de la Francia musical, exceptuando los tres que hay abiertos en los Campos Elíseos, durante el verano, y adonde no podriamos ir, teniendo pensado asistir á la Opera. Nos hemos decidido por el de la Francia musical.
Disponiendo así el plan del dia, nos dirigiamos al paseo del Palacio Real, de donde pasamos á los jardines que decoran los costados de las Tullerías, por la parte del Sena, con el objeto de evitar el calor. Allí nos sentamos; yo no sabia que me sentaba en sillas imperiales, porque luego supe que todos aquellos asientos pertenecian al palacio y eran gratis. ¡Cosa extraña en Paris, en donde el hombre paga hasta la luz que Dios da de balde al gusano!
Casi tocando con la silla de mi mujer, estaba sentado un viejo militar, de una gran talla, con cabello muy blanco y una de las barbas más venerables que en mi vida he visto. Nos oyó hablar, y nos dirigió en el acto la palabra, con ese aire de jovialidad afectuosa con que tratamos á un individuo de nuestra familia. Hablaba en castellano, de un modo violento; pero que se dejaba comprender.
El anciano que nos dirigió la palabra es un veterano del primer Imperio; hizo en España toda la guerra del año ocho con el grado de capitan. Tiene ochenta y tres años. Su mujer y una hija están en el departamento de Lion, su hija es la directora de correos en una cabeza de partido, y viene á Paris con el fin de buscar empleo á otro hijo que tiene, á su Hipólito, antes de morirse, hora que cree cercana.
Todo esto nos lo dice en menos de cinco minutos, y nos habla con la misma expansion y el mismo júbilo que si fuéramos, mi mujer la directora de correos, y yo su Hipólito.
Estéban Lesperut, así se llama, toca ese grado de lucidez interior, en que el hombre toma la costumbre de amar el pensamiento de la muerte, como si se tratara del último misterio que su destino le ordena descifrar; en que el hombre se ofrece á nuestra fantasía de un modo semejante á la idea de silencio, de espíritu, de historia, de inmortalidad casi, en que el hombre es el canto del tiempo, colocado entre el mundo y Dios, como una estátua está colocada entre el genio de un artífice y los ojos del que la mira.
El buen Lesperut, el cariñoso y honrado Lesperut, abre los ojos con esfuerzo, procura dar vigor á su pupila, sonrie expansivamente, y nos ve y nos escucha con un regocijo que nos tiene encantados.