¡Con qué efusion recitaba las cartas que habia recibido de una Isabel, de quien conservaba recuerdos amorosos! ¡Con qué cordialidad hablaba tambien de una doña Gertrudis, ama de un abogado de Salamanca! Aquel hombre parecia vivir en aquellos instantes con una doble vida.
En Lesperut hemos encontrado un compatriota, un verdadero amigo, un padre. Nos ama como ama el recuerdo de su juventud, de sus proezas, de sus glorias. Ama á los españoles como ama la memoria de su primer emperador. Cuando habla de estos sucesos, habla y llora.
Se acercaba la hora de comer, y tuvimos el sentimiento de abandonar su compañía, no sin prometernos comer juntos al dia siguiente en el restaurant de San Jacobo, calle de Rívoli.
No habian trascurrido diez minutos, cuando nos hallábamos en la casa en donde debiamos comer por franco y medio cada cubierto.
Al entrar volvimos á leer: tres sopas á eleccion, tres platos de carne, tres legumbres y tres postres. Tanta baratura nos aturdia.
Subimos, y la señora del establecimiento nos improvisó una mesa aparte, en una habitacion que estaba á la izquierda, contigua á la estancia destinada á los fumadores. Los dos salones que servian de comedor, estaban llenos de parroquianos.
Esta circunstancia nos confirmó más en la idea de la baratura.
Aquella señora nos sirvió desde luego media botella de vino á cada uno, el pan correspondiente y una sopa de pasta. Luego nos preguntó qué carne queriamos. Nosotros pedimos chuletas de carnero, como para disponer el estómago. Vinieron las chuletas inmediatamente, no parecian malas, y mi mujer dejó escapar una mirada de intencion hácia mí, como si quisiera decirme: amigo mio, esto es otra cosa; este Paris no es aquel Paris.
Comimos las chuletas, y quedamos dispuestos para los otros dos platos de carne. Pero ¡pecadores de nosotros! Nos habian servido una sopa: ¿y las otras dos que ofrecia el aviso?
La señora entró á saber qué legumbres queriamos.