Nada; no hay más recurso que pagar; tener muy presente esta casa, y bajar la escalera.

Llamé á la señora, la dí una moneda de diez francos, me trajo la vuelta, dejé unos sueldos (mi mujer hizo un gesto terrible) y salimos de la habitacion.

Al bajar las primeras escaleras, no pude menos de decir sorprendido á mi compañera:

—¿Así te vienes?

Estaba tan atribulada y tan soberbia, tan españolamente soberbia, que se habia dejado el sombrero en una percha del comedor.

A las siete subiamos las espaciosas escaleras del café la Francia musical, entre vistosos jarrones de flores y grandes espejos que nos retratan á uno y otro lado.

La concurrencia comenzaba entonces, y tuvimos ocasion de colocarnos enfrente del pequeño teatro que hay en el fondo, cerca de la orquesta, de que formaba parte un negro muy elegante y muy lustroso.

Probablemente aquel negro ganará más que los otros músicos, puesto que es de más efecto dramático.

Una jóven, que ha venido sola, se llega á la orquesta y cruza dos palabras con el director. Despues pasea los ojos ávidamente por la concurrencia, como si se gozase en recibir todas las miradas.

Es una dama del teatro, una actriz, una artista.