La presencia repentina de esta gran sala impresiona muy bien.

Los pasillos son anchos, hay tanta luz como si estuviéramos en medio del dia, y todos los contornos exteriores de la escena suponen un interior brillante. La impresion decae en este sentido, y decae mucho. La vista interior del teatro de la Grande Opera, está muy distante de llenar la ilusion de que el extranjero se deja ganar al subir la escalera, al atravesar los pasillos, y al prolongar una ojeada casi respetuosa á lo largo de la brillante sala de descanso.

La gran elevacion del teatro le comunica cierto aire solemne, pero sombrío, patético. Parece más teatro de tragedia que de canto y de baile.

Los patios de nuestros teatros, tan bulliciosos, tan variados, tan bellos, no tienen en este notable edificio un lugar que se le parezca. En vez de butacas, hay banquillos mezquinos y espesos. Las señoras no tienen allí entrada; de modo, que no se alcanza á ver sino un grupo uniforme, silencioso, triste. Parece que aquello está ocupado por un solo hombre; un hombre que se hacina de la misma manera en todas partes.

Los palcos son cortos y profundos, lo cual hace que la concurrencia no se pueda mostrar completamente, comunicando al todo la gracia de la variedad y la grandeza de la muchedumbre. Lo único que produce un efecto verdaderamente teatral, es el anfiteatro, circuido de graciosas barras doradas, con lujosos asientos accesibles á la mirada de los espectadores.

Esto no es decir que el teatro de la Grande Opera no sea un magnífico coliseo, tanto por su extension, como por sus trabajos de pintura, escultura, dorado, y por su excelente y bien servida escena. Lo que digo es, que este magnífico coliseo no se presenta á nuestros ojos tan magnífico como lo habia imaginado nuestra fantasía; como debia serlo, atendida la importancia de una ciudad como Paris.

Este teatro no está á la altura de las Tullerías y del Louvre, del
Panteon, de la Magdalena, de Nuestra Señora de Paris, del Luxemburgo,
del Cuerpo Legislativo, del Senado, del Arco de la Estrella, de la
Bolsa, de las Casas Consistoriales ó del Palacio de la Industria.

No temo decirlo. Esta gran ciudad no tiene un teatro; lo tendrá, el nuevo teatro será tal vez el primero del mundo en riqueza y arte, pero hoy no lo tiene.

Cuando se gira en un espacio grande, todas las distancias parecen pequeñas; acaso mi cálculo se equivoca; pero comparada la idea que tengo del teatro Real de Madrid, con la impresion que este coliseo produce en mi ánimo, el teatro Real se me ofrece más rico, más animado, más hermoso, más deslumbrador: me deja más el gusto de lo que debe ser un teatro.

No hablo de la propiedad y del servicio de la escena. Creo que es muy superior la que aquí miro, no sólo en ornato, sino especialmente en carácter. Aquí cada decoracion es lo que debe ser, y no se halla minuciosidad que no esté satisfecha cumplidamente.