Esta noche se repite la ópera El Profeta, puesta en escena cincuenta y ocho veces, lo cual supone que ha dado lugar á una entrada por valor de cuatro ó cinco millones de reales.

La poesía es francesa; la música, francesa; los cantantes, franceses.

Es verdad que este espectáculo no tiene el sabor de la ópera italiana. Digo de la poesía, de la música y aún del canto, lo que antes dije de las estátuas; lo que diria de las nubes, de las flores, hasta de los granos de arena. En Italia todo es más bello, porque todo tiene la triple belleza del cielo, de la tierra y de la historia. Sí, Italia es más bella hasta en sus infortunios, en sus ruinas, en sus lágrimas; pero bello es tambien un pueblo cuya infatigable creacion ha sabido dotarse de una escuela que no está en su índole; una escuela en cuya formacion ha tenido que lograr del deseo y del trabajo, lo que le negaban la tradicion y el genio: bella es esta Francia agrupando á sus hijos bajo el sentimiento generoso de un arte suyo. Yo la aplaudo, la honro, la venero tambien; yo saludo con entusiasmo esta solemnidad, producto increible de tantos conatos y tantos esfuerzos, mientras que deploro que una generacion más poética, más artística, más árabe, fluctúe todavía entre la degradacion del drama y de la ópera. Deploro que España, la Italia del Océano, como la Italia es la España del Mediterráneo, ande todavía á vueltas con esa confusion, con esa algarabía que se llama zarzuela.

En este momento viene á mi memoria el teatro de Jovellanos, y ¡cuan mezquino me parece!

No obstante, hay que ser justos. Tengo para mí, como cosa evidente, que la zarzuela es una mezcla impura y hasta repugnante para toda persona que tenga la emocion del arte verdadero; pero si la zarzuela ha de hacer en España lo que el vaudeville ha hecho en Francia; si consideramos en ella un medio que ha de conducirnos á la posesion del verdadero arte, tenemos que aceptarla como una elaboracion nacional que ha derribado una antigua taberna, para levantar un nuevo coliseo; una elaboracion que representa ya una gran suma de intereses y de profesiones; una influencia poderosa que comunicará á la muchedumbre un gusto transitorio, el cual la empujará hácia el gusto definitivo: esto es, hácia la ópera española. Á este fin deben dirigirse todos los esfuerzos. Si así no sucede, nos sobrará razon para decir que anda por medio la ignorancia ó el egoismo. Entre tanto, más vale algo que nada. El adagio que dice para poca salud más vale ninguna, es anti-cristiano, es inmoral.

La ópera El Profeta se ha ejecutado, no con esa liberalidad inspirada y espléndida del genio italiano; pero sí con una grande maestría, no sólo en la parte de canto, sino en el servicio de la escena y en las disposiciones dramáticas de los grupos.

En cuanto al libreto, baste decir que es un drama francés: hábil, muy hábil; pero acompañado perfectamente de sombras chinescas. Aquí se canta, se baila, se reza, se siega la míes, se recoge y se patina. La operacion de patinar duró arriba de cinco ó seis minutos, y el público unánime aplaudió á toda orquesta. Es verdad que patinaron maravillosamente; pero mientras que corrieron patines, yo vi correr patines; pero no vi la ópera. En resumidas cuentas, la ópera fué acaso lo que menos aplaudió el auditorio.

Soy el primero en reconocer su habilidad singularísima á este arte; pero estoy viendo que tanta habilidad no consiste las más de las veces, sino en causar efectos contra la verdad de las cosas. Hagamos sentir, despertemos impresiones nuevas, y lo demás salga por el postigo.

La accion pasa en Holanda; en Holanda hay lagos helados; sobre estos lagos patinan los hijos del país. Pues bien, ensayemos diez ó doce parejas de ambos sexos durante quince ó veinte dias, y demos este nuevo espectáculo al pueblo parisiense. Los patines tienen que ver con la accion que se representa, como yo con el califa de Badgad; pero si la ópera no tiene que ver, tiene que ver la empresa, tiene que ver el público que aplaude á los patineros y patineras; el público que digiere agradablemente viendo patinar; esto conviene al negocio, y el arte calla, cede, entra en el club, se hace cómplice. En cambio se hace rico. Es un drama á que conviene este doble título: RICO Y CÓMPLICE.

No niego á la escuela francesa grandes arranques, grandes gérmenes de progreso, intencion deliberada y profunda alguna vez, pero la lógica y la conciencia, el juicio y la moral, salen generalmente con los tiestos en la cabeza.