El lector supondrá que no he venido á la Grande Opera, con el sólo objeto de ver la ópera y el teatro, cuando hay otros objetos dignos de curiosidad y de estudio. Me trae el deseo de conocer, aunque no sea sino á vista de pájaro, la sociedad de alto coturno.
Con este fin estuve muchas veces en la gran sala de descanso, y atravesé otras tantas los pasillos y las avenidas del anfiteatro y palcos principales.
Entre algunos ornatos de un efecto bien comprendido ¡cuántas composturas exageradas y ridículas! ¡Cuántos disfraces! ¡Cuántas máscaras! Recuerdo que una señorita llevaba en la cabeza un aderezo, que difícilmente podria pasar en la cabeza de un caballo de gala.
Es indispensable asistir á estas escenas prácticas de la vida, para aprender, á costa de dolor y de hastío, cuán fecunda y moralizadora es la naturaleza.
Sin quererlo nosotros, ¡con qué evidencia se aprende aquí que los postizos en la mujer hermosa, sólo son buenos para desfigurar su hermosura: que los postizos en la mujer fea, sólo son buenos para añadir un realce nuevo á su fealdad!
¡Con qué lucidez comprendemos aquí que una mujer sencilla no puede ser nunca repugnante, porque no puede repugnarnos una belleza!
¡Pasion desdichada! ¡Cuántas mujeres se arruinan buscando fealdad en el ridículo, mientras que el cielo las da gratis la belleza de la sencillez!
¡Yo siento esta evidencia en medio de este foco deslumbrador, y bendigo al genio providente que hace del tiempo un vaso indestructible, en donde deposita la emanacion divina de su verdad!
Salimos del teatro á las doce y media. Esperamos que la calle de Lepelletier se despejase un poco de los infinitos carruajes que la ocupaban, y yo no podia menos de decirme entre tanto, al mismo tiempo que contemplaba el frontispicio de la Grande Opera: ¡qué poco sabrá más de un espectador las intrigas y los misterios que se disputan las horas del dia y de la noche, bajo la techumbre de esa enorme bóveda!
Ahí, en ese teatro, en ese harem de Europa, se revuelven trescientas ó cuatrocientas bailarinas, redoma donde queda encantada una gran parte de la aristocracia de Paris. ¿Comprendeis de este modo que el director de ese teatro sea uno de los primeros personajes de esta ciudad casi fabulosa?