La reserva es el producto de los desengaños.

La intolerancia es el resultado inevitable del que ha aprendido; pero que ya no puede aprender, y vuelve los ojos tenazmente hácia lo que aprendió. Sin esto, no sabria nada ó casi nada: ¿cómo ha de conformarse en creer que la vida no ha dejado en sus canas ninguna ciencia, cuando esas canas representan la ciencia de la vida? Sus cabellos blancos y sedosos son oráculos para él. ¿Quién va á persuadir á un oráculo contra sus profecías?

Así como la intolerancia viene del juicio, de la inteligencia, la censura viene del sentimiento. La censura es la intolerancia del corazon, como la intolerancia es la censura del discurso.

El viejo no puede sentir, no puede gozar, y reniega de aquello que ya no puede poseer. Desea, pero desea en balde, y este mismo deseo le hace apóstata de los bienes que está deseando. Es como el amante que ama con tal delirio, que da veneno al propio objeto de su amor.

El viejo no puede gozar; y cree que en el goce no están las condiciones morales y elevadas de la vida; cree que es un sueño, una decepcion, un frenesí: hé aquí el censor perpétuo de la juventud.

El egoismo es el carácter más universal y más profundo de la vejez, porque se refiere á objetos que tocan más inmediatamente su existencia.

La reserva, la intolerancia y la censura se refieren á la opinion extraña: el egoismo asienta su pié sobre el instinto de la conservacion, es como una gota que cae del manantial de la vida.

El viejo observa que la vida se va, y cuanto más léjos la ve, con más ánsia la quiere seguir. No le disputeis eso, no disputeis con él para persuadirle de que sus ojos no deben ver, de que su sangre se debe helar, de que sus sienes no deben latir; para persuadirle de que esa creacion cuyas maravillas arrancan una fervorosa y sublime plegaria de su boca trémula, debe desaparecer en un instante ante la aparicion enlutada de un ataud. No le hableis sobre el particular; si le hablais, vereis que el viejo se frota las manos y encoge los hombros en señal de conformidad religiosa; pero si penetráramos en su alma, veriamos que se frota las manos para despertar el calórico, ese calórico que parece ser en los ancianos la esencia íntima del deseo. El viejo aparentará conformarse, os sonreirá, si conviene; pero estad seguros de que en aquel momento os odia; estad seguros de que una sonrisa de hiel vierte una lágrima sobre su corazon.

¡Ay del mundo, si se rociára la cabeza con aquella lágrima!

No le hableis al viejo del sepulcro, por la misma razon que no debeis hablar al niño de la cuna.