Haced de modo que una criatura diga á un viejo: ¿abuelito, qué hará usted en la sepultura?

¿Abuelito, hacia usted muchas travesuras cuando era niño?

Estudiad la cara del viejo al oir estas dos preguntas, y este estudio nos dirá más que toda la filosofía teórica.

Hay otra razon para que el anciano sea egoista en el primer período.

Vuelve la vista, descubre un gran espacio de tiempo, cree dominarlo, cree poseerlo, en esta posesion está toda su vida, y su vida es suya. El anciano se juzga amo de ese tiempo que él ha medido, como el geómetra se juzga amo de su compás. El anciano dice en sus adentros: todo eso es mio; ¿quién es ninguno de estos recien venidos, de esos forasteros, de esos imberbes, para disputarme la religion de mi memoria, mi memoria que es mi cendal de lágrimas y mi corona de laurel, mi martirio y mi poesía.

Todo eso es mio, el que lo toque es un profano. Sabe que el hablar tiene sus peligros, y calla: hé aquí la reserva. Cree que vivir es saber; él ha vivido; mas está persuadido de que sabe más, y no ceja un punto: hé aquí la intolerancia. Cree tambien que lo que su Hacedor no le concede, no debe ser bueno en ningun otro hombre; su Hacedor le niega las pasiones activas y fogosas, la voluptuosidad, el deleite, la emulacion, la fantasía, y ve en todos los goces anteriores otros tantos hechos rebeldes. Hé aquí la censura.

Repara que el vaso en que bebe se queda vacío, entonces siente doble sed, y tiene doble prisa en llenarlo. ¿Seria necesario que para conseguirlo se transformara el mundo entero? Pues transfórmese el mundo; pero llénese el vaso. Hé aquí el egoismo.

Por otra parte, ha pisado más tiempo la tierra, el sol ha herido más tiempo su pupila, las melodías de la naturaleza han halagado más su oído; en una palabra, ha existido más, y ama más la existencia, como á medida que más amamos, más nos acostumbramos á amar lo que sentimos, y nos apasionamos más de este sentimiento, porque la pasion no es otra cosa que un afecto elevado á costumbre. Hé aquí tambien el egoismo.

Pero hay otro período en que el viejo tiene la conciencia de que se muere, en que siente morirse; conciencia depurada á fuerza de dolor, como vemos que el humo de una hoguera se va depurando á fuerza de arder: el viejo pierde la sensacion grosera, como el fuego pierde el humo negro, á proporcion que se va quemando la parte leñosa del combustible: su oído se dispone á escuchar otras armonías; la soledad misteriosa y profética del sepulcro hiere su corazon; piensa en esto como se oye una poesía ó un canto á lo léjos, entre las brumas de una noche tranquila: la cara del anciano adquiere una expresion ingénua, inocente, diáfana: su aliento parece ser un soplo más sutil que el aire de la atmósfera, un soplo que sube como el aroma de las flores: mira, y ante sus ojos parece agitarse el velo religioso que nos oculta cómo se vive más allá!

El viejo de este último período, es el ministro de la revelacion y de la calma; la conciencia que se toca y se oye á sí misma: es el ángel de la esperanza que se despide del ángel de la vida, aunque la esperanza es vida tambien. Perdóname, lector, estas fastidiosas digresiones.