Salimos de casa á las diez, y discurriendo casi maquinalmente por la calle de Montesquieu, notamos que entraban y salian muchas personas del número 6. Nos aproximamos, dirigimos hácia el interior del piso bajo una mirada escudriñadora, y desde luego convinimos en que aquel edificio debia ser una iglesia ó bien un teatro. Pero examinando un momento la entrada, vimos que á la derecha del portal habia una mujer partiendo ostras. Decididamente, esto no puede ser ni teatro ni iglesia. Miro á lo alto de la entrada y descubro una enseña con este rótulo: Establecimiento de caldo. Yo lo leia y no me parecia prudente creerlo; mi mujer no lo creia tampoco.

Penetramos…. ¿Cuál no fué nuestra admiracion? Véanos el lector en una inmensa sala, cuyo techo está sostenido por delgadas y elegantes columnas de hierro. Hácia los lados hay dos filas de mesas de granito rojo. En la fila que circuye las paredes del establecimiento, cada mesa está separada por un aparato de madera bruñida, imitando biombos, con el objeto de impedir las corrientes del aire. Cada mesa tiene un mecanismo que provee á los comensales del agua de Selz, composicion que tiene por objeto quitar la crudeza al agua del rio, sin embargo de estar purificada. Enfrente de cada mesa hay un espejo de buen tamaño. En medio de la sala se ven dos torreones, como si fueran pedestales, decorados exteriormente por lozas finas. La parte superior de aquellos pedestales ó torreones está coronada de flores del tiempo, y por una figura de bronce, la cual arroja hácia lo alto un hilo de agua.

Rodéanles una verja circular, por entre cuyos hierros alcanzamos á ver los aparatos de cocina.

En fin, aquellos torreones, lo que nosotros creiamos altares, no son otra cosa que las chimeneas de aquel enorme establecimiento; altares consagrados á otro culto no tan elevado, pero no menos indispensable. Es bien seguro que no hay un templo en todo Paris, que cuente con una cofradía más constante, mas exacta, más fiel.

En los cuatro ángulos de aquel magnífico coliseo, porque coliseo parece, se hallan cuatro escaleras espaciosas, las cuales, conducen al piso principal, en donde hay otro órden de mesas, dispuestas como abajo.

Tiene una puerta grande de entrada, y dos laterales para la salida. Enfrente hay un hombre sentado que da las papeletas; en cada puerta lateral hay otro que las recibe con el sello encarnado, en señal de que la cuenta se ha satisfecho.

A izquierda y derecha están los mostradores de la oficina, y en cada uno dos señoras sentadas para la suma de las papeletas y la impresion del sello.

De manera que el personal del establecimiento consta del jefe, de tres contralores, cuatro señoras oficinistas, diez cocineras, veinticinco criados y multitud de dependientes, hasta el número de ciento diez individuos.

Caben holgadamente en ambos pisos quinientos ó seiscientos comensales, y no bajan de cuatro mil los que componen la parroquia ordinaria, produciendo un ingreso de 25 á 30.000 reales diarios.

El amo de este restaurant increible, lo es tambien del de la calle de Montmartre, mencionado ya, y de otros cuatro establecidos en diferentes puntos de Paris.