Resta saber á mis lectores que el poseedor de esta gran fortuna es un carnicero, el carnicero Duval, y que todo esto le ha venido de la carnicería.

Trabajo cuesta comprender cómo un comercio de esta índole, ha podido darle ganancias para irse creando una renta diaria de 8 á 10.000 reales.

El mismo Duval proyecta actualmente abrir una carnicería, por la parte de la Magdalena, en cuyo decorado y utensilios se gastará sobre un millon. Las vasijas para contener las cabezas de las terneras, serán de plata, y su peso no bajará de veinte arrobas cada una, sólo lo cual supone un valor de veinte mil duros, inclusa la mano de obra.

Bien es verdad que Paris carece de ejemplos análogos. El pasaje de Vero-Dodat, que vale algunos millones de francos, pertenece hoy á la viuda de un salchichero.

Imposible parece que una ciudad tan ideal, tan fantástica, tan exquisitamente poética, haga ricos de tal manera á los vendedores de salchichas y de lenguas de vaca; aunque este vendedor de lenguas de vaca, y aquella vendedora de salchichas, no son vendedores de cualquier modo: son artistas tambien.

Séanlo ó no, yo me guardaria muy bien de tomar esta circunstancia en desdoro del pueblo francés.

Duval es carnicero, y bajará al sepulcro. El ama del pasaje de Vero-Dodat es salchichera, y salchichera se irá á la sepultura. Aquí encuentro yo ese carácter consecuente, austero, honrado y laborioso, que distingue á los pueblos del Norte, á la raza sajona.

Si aquello ocurriera en algunas provincias de España, la salchichera se llamaria la señora condesa de Vero-Dodat, y el carnicero el señor conde de la Cola Bermeja, del asta de ciervo (por no decir de toro), ú otra cosa por el estilo, y las familias de estos pobres magnates, ni sabrian ser magnates ni salchicheros; no sabrian ser nada, no serian nada, y hé aquí el cero conteniendo en su redondez negativa todas esas cifras sociales.

A los hijos del carnicero sucederia lo que hoy sucede á muchos hijos de la historia, á muchos hijos de Pelayo que yo conozco, y de quienes no quisiera acordarme, como no se queria acordar nuestro Cervantes del lugar de la Mancha.

¿Qué era el feudalismo, la gerarquía de los señores, sino la holganza convertida en virtud suprema, en una especie de cánon sagrado?