Y ¿qué razon hay para llamar señor á quien nada útil hace, que para nada sirve, que á nada bueno aspira; que pone un brazo sobre otro brazo, y contempla así la obra universal, que así paga la deuda inmensa que contrajo desde que abrió los ojos á la luz, desde que recibió la caridad de tantos séres? ¿Qué razon hay para llamar virtud á una nulidad, para llamar sabiduría á un idiotismo?

Los españoles serian muy inferiores con su condesa de Vero-Dodat, á los franceses con el nombre sencillo y honrado de su salchichera.

En muchas provincias de nuestro país no se piensa sino en ganar cinco ó seis mil duros, para comprar un baston de borlas y hacer el doctor, ó el paseante en córtes.

Esta es la verdad, y tengo una sagrada obligacion de no ocultarla á nadie, especialmente á quien el consejo puede aprovechar, á quien tiene tambien obligacion de corregir sus vicios.

Y cuidado, que no soy yo de los que creen que este achaque de nuestro país viene del clima: esto es, de una necesidad de la naturaleza, de una hora mala que nos ha tocado en el reparto del dia providencial, no.

El clima de España no es de tal índole que el español deba abrir la boca y estirar los brazos, como los que moran en la orilla del Ganges; que deba dormirse como el natural de los valles de Cachemira; que deba evaporar su vida entre ópios, mujeres y aromas, como los árabes del Yemen.

Aquel achaque de algunas provincias de nuestro país, no procede tanto del clima, ni del genio de nuestra raza, raza tan activa, tan enérgica, tan creadora; la raza de Aténas y de Roma absorbiendo al mundo; no procede tanto de ese orígen, repito, como del cruzamiento de castas diferentes, de sus tradiciones y de sus hábitos.

En nuestro país domina más que en Francia ese idealismo oriental; esa atmósfera vaporosa de los asiáticos, la religion del éxtasis absoluto; orientalismo que unido á nuestro genio por la dominacion morisca y árabe, produjo una casta mestiza, indefinible; más indefinible en España que en pueblo alguno de la Europa: la casta de donde salieron el caballero andante, la dama idolatrada de los torneos, el aventurero de lanza en ristre, el poeta druida, el trovador guerrero, peregrino y apasionado; la casta que empezó á deslindarse en dos grandes períodos de hazañas heróicas y de crueldades terribles; dos períodos representados en primer término por dos hombres muy célebres, el Cardenal Cisneros y D. Juan de Austria.

La famosa batalla de Lepanto no es otra cosa que el deslinde de dos caractéres confundidos; el deslinde entre el genio latino y el genio asiático, entre la Europa y el Oriente.

Pero tengo que dar de mano á otras muchas consideraciones, que acaso no se adaptan á la índole de los cuadros que aquí me propongo bosquejar.