Decia que nuestros conatos de ocio y de caballerismo fantástico no proceden del clima, sino de la mezcla de sangre y del imperio de la costumbre.
Llevad el pueblo catalan á la Andalucía, y el pueblo catalan será laborioso; no lo será tanto como viviendo entre peñascos de donde ha de arrancar el pan que come y el vellon que viste; pero será siempre trabajador.
Haced que el pueblo vascongado ocupe la Grecia ó la Italia, y le vereis emprendedor siempre, siempre atareado, siempre moviéndose y realizándose en todas las esferas de su actividad.
¿Por qué? Porque los vascongados y los catalanes, así como los mallorquines, tienen más elemento germánico, más raza scita, más hábitos de aquel elemento, más tradiciones de aquella raza.
Por el contrario, Andalucía, Valencia, Murcia, Alicante, el mismo Aragon, tienen más de ese hombre que se acuesta á lo largo de un diván, que abre la boca para aspirar las brisas de la tarde, que sujeta á veces la respiracion porque la ahogan los perfumes, que empaña el aire con las bocanadas voluptuosas de su pipa, ó que se disputa á la experiencia de la vida, cerrando sus ojos entre las ruinas veneradas de un mausoleo, bajo la copa de un ciprés, á la sombra de una palmera.
Los franceses son más sajones; están más depurados de la raza árabe, en cuanto á la industria y al comercio, aunque en cambio han exagerado la voluptuosidad del Oriente en las creaciones del arte.
Los españoles caminan hácia allá, caminan á grandes jornadas, de una manera fabulosa; pero la Francia les lleva un siglo en este viaje. La verdad, en su puesto. Así pago, así paga un cafre de allende el Pirineo, el insulto cobarde de un novelista mal educado y aturdido.
Almorzamos bastante bien en el establecimiento de caldo de la calle de Montesquieu, y á las seis y media de la tarde entrábamos en el restaurant de San Jacobo, calle del Rívoli, en donde ya nos esperaban el viejo Lesperut y su hijo Hipólito, teniéndonos reservados dos asientos en su mesa. El venerable veterano se levantó inmediatamente que nos vió entrar, y nos alargó una mano trémula; pero que aún conserva el santo calor del cariño.
No habiamos terminado los primeros cumplidos, cuando el viejo tenia los ojos arrasados en lágrimas.
La comida fué mala, muy mala para nuestro gusto; pero una circunstancia la salvó: estaba embellecida por la amistad, por la franqueza decorosa y por la buena fe.